| |
|
El
envenenamiento masivo por aceite de Colza evidenció
en 1981 las grandes carencias de nuestros servicios de salud
pública y cuestionó el papel que habían
desarrollado distintos cuerpos de funcionarios tales como
los epidemiólogos, médicos, veterinarios y
farmacéuticos de la entonces denominada Sanidad Nacional.
Quedó clara la urgencia de replantearse las tareas
de inspección sanitaria, control alimentario y vigilancia
epidemiológica, así como la necesidad de disponer
de un nuevo marco normativo en materia de salud pública,
(la Ley de Sanidad se aprobó en 1987), que hiciese
efectiva la coordinación entre las Administraciones
Locales, los Servicios de Salud regionales y el Ministerio
de Sanidad. Muchos de aquellos retos siguen pendientes,
hoy 25 años después, a pesar de la aprobación
de la Ley de Cohesión y Calidad en el 2003. Sin embargo,
frente a la práctica disolución de los Cuerpos
Nacionales de funcionarios encargados de la ordenación,
evaluación y planificación de los servicios
de salud pública, (los antiguos jefes de sanidad),
los servicios de inspección de la seguridad social
corrieron durante algunos años mejor suerte. En el
ámbito del INSALUD siguieron desarrollando funciones
tan necesarias como la actividad disciplinaria, el control
de las bajas laborales y del gasto farmacéutico,
y un conjunto indiferenciado de tareas de apoyo a los nuevos
y omnímodos jefes y jefecillos políticos surgidos
de los viveros militantes de la UCD, del PSOE y del PP.
Muchos discuten todavía si durante los primeros años
de la transición (finales de los 70 y principios
de los 80), la UCD y el PSOE politizaron en exceso la administración
sanitaria como condición necesaria para acabar con
la resistencia franquista y corporativa al cambio sanitario
de régimen. Personalmente pienso que, con alguna
excepción, aquella generación politizada de
directivos sanitarios de los primeros gobiernos centristas
y socialistas fue necesaria y, en general, bastante competente.
Cumplió una función nada agradable y nunca
reconocida aunque se trata de una opinión, desde
luego, interesada. Pero hoy, entre la mayoría de
los ciudadanos y entre muchos profesionales nadie cuestiona
que, (consolidada la democracia, cerrado el proceso de transferencias
del INSALUD a las Comunidades Autónomas en 2002 y
desarrollados los Servicios Regionales de Salud), la politización
del Sistema Nacional de Salud está alcanzado límites
irrespirables. El poder político sanitario comienza
a no tener freno ni contrapeso alguno, y ello conduce a
situaciones delirantes como la que en la actualidad se está
viviendo en el Hospital Severo Ochoa de Leganés.
El poder político, el judicial y el corporativo (tan
decisivo en este sector) protagonizan este conflicto, y
trasladan a la opinión pública el demoledor
mensaje de que la inspección médica, (los
profesionales encargados de velar por los derechos de los
pacientes y las garantías de los profesionales),
no son más que el brazo armado de Manuel Lamela.
Lamentable, bochornoso, impresentable. Porque en una democracia
nadie debería poner en duda la capacidad para tomar
decisiones que le asiste a quienes son responsables políticos
de los servicios sanitarios (en el caso de Leganés
al Sr. Manuel Lamela). Pero en una democracia no se debería
poner en duda, ni en riesgo, el escrupuloso respeto al procedimiento
a la hora de adoptar decisiones por quien debe adoptarlas.
En una democracia consolidada debería darse por sentado
que, al margen del capricho político, existen profesionales
de la inspección sanitaria dotados de independencia,
autoridad, recursos y autonomía suficiente, para
determinar si es preciso abrir uno, ninguno o cien expedientes
disciplinarios. Profesionales de la inspección a
quienes nos corresponde establecer con nitidez si se han
vulnerado los derechos de los pacientes o las garantías
de los profesionales ante denuncias concretas. Y que debemos
ser capaces también de efectuar propuestas de mejora
de nuestros servicios sanitarios. Los cargos políticos
no pueden tomarse la justicia por su mano de cualquier forma,
al margen del procedimiento administrativo que ampara los
derechos de los profesionales.
Queda mucho todavía por esclarecer en el conflicto
surgido a raíz de las denuncias anónimas sobre
supuestas sedaciones irregulares que han convulsionado la
sanidad madrileña. Queda mucho por conocer sobre
la forma en que se ha abordado este conflicto desde la Consejería
de Sanidad, y desde la oposición. El tiempo dará
y quitará razones a quienes se han precipitado en
hacer de este conflicto una batalla política con
efectos irreparables para la sanidad pública. Pero
algunas cuestiones están ya claras. En este país
de 17 autonomías distintas nuestro sistema de cuidados
paliativos se encuentra en mantillas y es profundamente
desigual. La denominada alta inspección es pura ficción
pese a contemplarse en la Ley de Cohesión y Calidad
y nadie se atreve a concretar las funciones que debería
desarrollar en un estado federal o autonómico. Los
servicios comunes de inspección sanitaria se han
degradado ante la indolencia del poder político,
asimilándose peligrosamente al aparato burocrático
y a los intereses de las cúpulas sanitarias dirigentes
de cada autonomía (en Castilla y León dependen
orgánicamente de los propios órganos de gestión
que debería inspeccionar). Y por supuesto ha quedado
claro que la constitución de comités de sabios
y comisiones de expertos para analizar la buena o la mala
práctica, de los profesionales supuestamente implicados
nunca podrán sustituir ni la acción reglada
de la justicia, ni la determinación de las responsabilidades
disciplinarias que en cada caso concreto le corresponde
determinar en exclusiva a los servicios de inspección,
(con independencia de que exista o no delito).
Por la cuenta que me tiene, como médico de sanidad
nacional con destino en la inspección médica
del SACYL, hago votos para que esta crisis, no sea la Colza
de los servicios públicos de inspección y
acabe, definitivamente, con el cuerpo (¿o debería
hablar de los cuerpos?) de inspección medica de la
seguridad social, disperso y fragmentado en la actualidad
por nuestro Estado de las Autonomías.
José María Francia Viña
Médico de Sanidad Nacional con destino en la Inspección
Médica de SACYL
21
de abril de 2005
|
|