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Se
entiende que en el juego de fuerzas que compiten por las
determinaciones urbanísticas del Casco Antiguo, hay
dos que son las más destacables. Por una parte, la
que corresponde a los propietarios de suelo, que en algunos
casos pueden ser los antiguos ocupante de las parcelas o
los que atraídos por las edificabilidades que el
Plan en su momento fijó, están a la espera
del momento propicio para construir o simplemente para especular,
como ocurre en cualquier otra parte de la ciudad. Además,
como fuerza de opinión están los conservacionistas
que, ya por los medios o fundamentalmente a través
de la Comisión del Patrimonio, ostentan un poder,
que en teoría, está sobre las propias determinaciones
municipales. Las opiniones del grupo conservacionista son
importantes porque la ciudad antigua necesita ser defendida,
más allá de los órganos oficiales,
y hay que reconocer, que son mayoría los profesionales,
como historiadores o artistas, los que demuestran su inclinación
a hacer esta labor, mostrando un alto grado de sensibilización
urbana. Pero todos, incluso ciudadanos de a pie, tenemos
el deber de ser conservacionistas, simplemente partiendo
del hecho en que vueltos sobre nosotros mismos, sobre nuestros
recuerdos, nos reconocemos en el marco donde crecimos, en
una ciudad que ya era antigua entonces y que por fortuna
está presente. Pero la ciudad es un cuerpo vivo y
necesita renovarse. Esta renovación no puede atentar
contra los rasgos que la hicieron única, irrepetible.
Pero no nos engañemos, la ciudad antigua, si no es
un monumento mantenido artificialmente con mucho dinero
y sólo para ser admirado, necesita actuaciones que
le proporcionen el vigor para que siga fluyendo la vida.
Si ponemos nuestra mirada en el tejido urbano que se ha
desarrollado a lo largo de los siglos, como extensión
del entorno del Parque del Castillo, y que, por virtud del
olvido, deducimos que nos ha llegado, prácticamente
íntegro, desde la lejana Edad Media. Este olvido
implicaba también un paulatino despoblamiento que
no era sano para asegurar su pervivencia, pero desde hace
algún tiempo aparecen síntomas de un horizonte
más optimista, y que el nuevo Museo confirma, y que
hace pensar en una nueva oportunidad para este barrio.
Pues un equipamiento tan especial como es un Museo, en una
zona con las limitaciones propias o inducidas que comporta
un Casco Antiguo, debe contar con una serie de actuaciones
como las que hemos señalado en estos artículos
y que van a elevar también las condiciones de calidad
urbanística del barrio. No se puede pensar que el
Museo, por si solo, pueda ser capaz de elevar la intensidad
de su vida urbana. Y para comprobarlo, ahí tenemos
el precedente del nuevo Museo Provincial, una obra maestra
de la arquitectura pero situado en una zona deprimida. ¿Por
qué no se atendieron los problemas que suscitaba
la contigüidad del edificio con el basamento de la
muralla?. El haberlo hecho, habría permitido haber
saneado esta base, esponjando los fondos edificados de la
manzana residencial contigua. ¿Por qué no
se remodeló, por lo menos sobre el papel, la manzana
en donde está integrado el Museo y prever las nuevas
relaciones del edificio con ella?. Por suerte, si el puente
de piedra se hace peatonal, habrá una nueva oportunidad,
para que el Museo quede resituado en un entorno con mejor
valoración y poder atender la posibilidad de crear
un subcentro urbano activo, del que se beneficiarán
mutuamente el propio Museo y un remodelado tejido residencial.
En resumen, el orden de actuaciones que el proyecto del
nuevo Museo debería propiciar, se escalonarían
de esta forma:
El nuevo Museo deberá llevar aparejada la construcción
de nuevas infraestructuras y de éstas se va a beneficiar,
en primer término, el Barrio Antiguo, y en segundo
lugar, el resto de la propia ciudad.
La edificabilidad de tipo residencial y el efecto llamada
va a impulsar la promoción de viviendas en la zona.
Las nuevas viviendas podrán ser de nueva construcción,
o rehabilitación, y hay que atender la necesidad
de nuevas dotaciones y servicios necesarios, de acuerdo
con el número ampliado de habitantes,
A partir de aquí, nace para esta zona un concepto
nuevo de barrio, con vida propia y atracción centrípeta,
a partir de un Centro urbano generado con el nuevo Museo
y de un imprescindible Centro Cívico generador de
actividades y representación de la nueva vida civil
del barrio.
Con ello, renacería el concepto, hoy día perdido,
del modelo de ciudad, alternativa hecha realidad frente
al tipo de ciudad que se ha ido desarrollando en estos últimos
veinte años. Alternativa que tendría que demostrar
sus cualidades de adaptación a las necesidades de
una sociedad actual, y sin parangón posible, en cuanto
a los valores de representación, estética,
etc.
Esta revaporización de la ciudad antigua, que se
habría desencadenado como consecuencia de las iniciativas
indicadas, tendría su representación real,
cotidiana de la ciudad. En ella, las Murallas, vienen a
ser las nuevas barreras protectoras de la ciudad antigua,
asentada dentro de sus muros, frente a la marea de cemento
y bloques, que han ocupado las antiguas huertas de San Pablo,
y que se extiende ya por todos los puntos del horizonte.
El complejo conjunto de proyectos se haría a partir
de un programa, que tiene que contar con la aportación
de todas las fuerzas y recursos de la ciudad. Y del Estado,
es decir, con políticos, empresarios, fuerzas sociales
y sobre todo, de los ciudadanos. Sería una tarea
centrada, por ahora, en una zona de la ciudad, poco acostumbrada
a los cambios, pero que se convertiría en protagonista
durante los próximos años y de los que se
beneficiará seguidamente el resto de toda la ciudad.
Con actuaciones de este tipo, como las realizadas en los
centros históricos de Lérida, Vitoria, Teruel,
se puede cambiar la deriva desenfrenada que sufren gran
parte de las ciudades españolas y de comprobar la
posibilidad de un modelo que puede servir de guía,
en el futuro, al conjunto de toda la ciudad.
Antonio
Viloria - Arquitecto
Zamora,
31 de diciembre de 2005
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
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